“El archipiélago es un pequeño mundo dentro de sí mismo, o más bien un satélite unido a América….” es lo que describía Charles Darwin en su viaje a bordo del Beagle en 1835.
Sí, en efecto las islas son un pequeño mundo aislado del todo, rodeado con sus aguas turquesas que rompen contra las costas de roca volcánica, en donde la vegetación se abre paso entre antiguos flujos de lava para dar verdor a un paisaje lunar.
Despertarse con el sonido de los lobos marinos y de las aves en un campamento lejano de la civilización nos hace soñar en una época de exploración, aventura y romanticismo. Caminar por la playa de arena blanca, percibir el olor característico del mar, sorprenderse con las iguanas marinas, los piqueros de patas azules y fragatas volando en busca de su alimento, disfrutar de la libertad.
A miles de millas de donde los Intuits inventaron los kayaks, esos artefactos frágiles de madera cubiertos con piel de animales ahora modernizados son la forma más ecológica y divertidas para explorar a lo largo de la costa de la isla de San Cristóbal, forma silenciosa y a nuestro propio ritmo nos permite acercarnos a la naturaleza, ¿nuestros compañeros de viaje? Tortugas e iguanas marinas, aves, lobos marinos y quizás hasta delfines. Pequeños y grandes volcanes nos recuerdan que somos parte de una evolución donde plantas y animales se adaptaron para sobrevivir.
Pero lo que esta en la superficie es solo una parte de la riqueza biológica, adentrarnos en las profundidades del mar y descubrir un mundo desconocido aguas cristalinas donde penetra la luz para iluminar a los tiburones martillo, tortugas, peces de mil colores, caballos de mar, medusas
Quizás la mejor recompensa es retornar por la tarde al campamento y disfrutar de un atardecer en silencio mientras el cielo nos va dando un espectáculo desde los colores intensos a los matices de color ocaso, el adiós al día, la bienvenida a la noche y esta se presenta enigmática llena de constelaciones, planetas y estrellas fugases